Literatura:

GÜNTER GRASS "PELÓ" CON ARTE LA "CEBOLLA" DE SU VIDA




Xulio Formoso: Gunter Grass



Francisco R. PASTORIZA (*)




MADRID (EUROLATINNEWS) - Dice Ignacio Sotelo en el prólogo a las obras completas de Günter Grass, publicadas por Galaxia Gutenberg, que, “de no haber triunfado como escritor, sus talentos diversos le hubieran permitido biografías muy distintas, todas ellas exitosas”.

    En efecto, además de novelista, poeta, ensayista y autor de teatro, Grass era también pintor, dibujante, grabador y escultor, una formación adquirida en las Academias de Bellas Artes de Düsseldorf y Berlín.

De hecho, su primera intención antes de convertirse en escritor fue la de vivir de la escultura.

   Su oratoria brillante y sus ideas le hubieran proporcionado asimismo un lugar destacado en la política de su país, de habérselo propuesto, y hubiera podido vivir también de sus dotes artesanales de estucador y marmolista, oficio al que dedicó algunos de sus años jóvenes. O como músico (fue batería en un grupo de jazz).

   Günter Grass contó su vida a la manera de ir avanzando hacia atrás en el tiempo, partiendo desde el año 2006, hasta sus recuerdos más alejados, a la manera de como se van desgajando las capas sucesivas de una cebolla. La parte externa, la piel, sería, entonces, el final de su vida.

   Del nacionalsocialismo a la socialdemocracia

   Günter Grass era el escritor más conocido de la literatura contemporánea alemana, continuador de la tradición literaria de Thomas Mann y Alfred Döblin y creador de la novela emblemática de la posguerra alemana, “El tambor de hojalata”, que escribió en París durante una estancia en la que acompañaba a su primera esposa, bailarina de profesión.

En esta obra muestra el ascenso del nazismo desde la perspectiva de un niño que se niega a crecer, un personaje que bien podría ser su ‘alter ego’, trasunto de un pícaro marginal y antipático que busca el protagonismo en una sociedad obsesionada por el afán de reivindicar la patria perdida.

   Günter Grass era conocido universalmente pero no sólo por el Premio Nobel recibido en 1999 sino por una obra que no paró de crecer en cantidad y en calidad desde que publicara “El tambor de hojalata” en 1959.

En España, además, fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las letras unos meses antes de que la Academia sueca le concediera el suyo.

   Grass era también un excelente memorialista, actividad a la que dedicó no pocos de sus libros (“Mi siglo”, “Cinco decenios”, “Pelando la cebolla”), y además en buena parte de sus novelas, como en la trilogía de Danzig (que inicia con “El tambor de hojalata” y continúa con “El gato y el ratón” y “Años de perro”), introduce también recuerdos de su vida.

Había nacido en el seno de una familia de creencias religiosas diversas (su padre profesaba el protestantismo frente al catolicismo de su madre, de origen polaco), en 1927 en la ciudad de Danzig (la actual Gdansk), en un ambiente multicultural donde convivían alemanes, polacos y judíos, testigos, entre la euforia y el espanto, del ascenso del nacionalsocialismo.

   Alistado en la Waffen SS, durante la guerra (su padre era un convencido militante nacionalsocialista) estuvo destinado en un destacamento de tanques y fue hecho prisionero por los americanos.

La revelación que hizo en “Pelando la cebolla” de haber sido un entusiasta de las juventudes hitlerianas en su adolescencia provocó un gran escándalo y hubo quienes le reprocharon haber ocultado este episodio de su pasado.

Sus experiencias como testigo del ascenso del nazismo le sirvieron también para desarrollar una literatura en la que mezcla el análisis político con la crítica social a la clase burguesa, de donde provenía y en la que sitúa la génesis del nacionalsocialismo.

   Después de la guerra, consciente del sinsentido de la barbarie nazi, Günter Grass se convirtió en uno de los críticos más incisivos del nacionalsocialismo y de la tragedia en la que Hitler sumió a Alemania durante un largo periodo de su historia.

Pero también fue un duro crítico contra el régimen de la Alemania del Este (“una cárcel de 18 millones de personas”), aunque sin fomentar el anticomunismo, como hicieron algunos de sus coetáneos.

   En 1955 se unió al Grupo 47, formado por escritores jóvenes cercanos a la ideología del partido socialdemócrata alemán (Ingeborg Bachmann, Martin Walser, Hans Magnus Enzensberger) y por escritores comunistas como Hans Werner Richter y Alfred Andersch. En los años sesenta y setenta apoyó a Willy Brandt en su carrera hacia la cancillería alemana.

A esa etapa pertenecen sus obras más politizadas, como “Anestesia local” (sus reflexiones sobre el Mayo del 68) y “Diario de un caracol” (sobre la campaña electoral de Willy Brandt). Sus siguientes novelas, “El rodaballo” y “La ratesa”, serán más literarias, con tonos apocalípticos.

   Otro de sus posicionamientos políticos que provocaron también fuertes polémicas fue el de su crítica al proceso de unificación alemana tal como se llevó a cabo, que trató en su novela “Es cuento largo”.

Entre sus últimas obras destaca “A paso de cangrejo”, sobre el sufrimiento de la población civil durante la guerra, que narra a través del naufragio del buque de pasajeros “Wilhelm Gustloff”, torpedeado en 1945 por un submarino ruso, un episodio silenciado durante años.

Viajó entonces a España para presentar la novela. Tuve el placer de entrevistarle para TVE cuando la cadena pública aún incluía noticias de buenos libros en sus telediarios

(*)Francisco R. PASTORIZA, 
Periodistasenespañol.com


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