Relato:

EL DISCRETO BALCÓN DE LA PANDEMIA







Enrique Guzmán de Acevedo





VIÑA DEL MAR (EUROLATINNEWS) - La soledad tiene en mi alma a su más fiel cómplice en el marco deformado de esta vida cruel que me arrinconó sin plazos en un balcón que mira una ciudad vacía y silenciosa, paralizada por un virus que viajó desde China para quebrar nuestros sueños y arrebatarnos meses de vida.

Pero esta lúgubre realidad me permite darle voz a mis sueños en lo que me queda por vivir, aunque sea amarrado a este balcón discreto que mira pasar las ausencias y las penas silenciosas de los más avezados transeúntes que provocan el peligro de la muerte.

Mi ventanal es testigo de la voz del silencio que se impuso en mi confinamiento, preparando mi espíritu y alma para el añorado inicio del...día después.

En medio de la nostalgia de la felicidad arrebatada por este invisible enemigo de nuestra salud, veo el confinamiento ajeno en los departamentos vecinos, los del frente a mi edificio, los del lado derecho y las casitas de un poquito más allá .

Al anochecer, cuando la calma llama a la Luna para acariciar los sueños, mi curiosa mirada cruza los ventanales vecinos, viendo como matrimonios jóvenes trabajan con sus hijos en los deberes escolares o en sus propias labores profesionales de encierro obligado, antes de coronar con la cena familiar un nuevo día de cuarentena.

A veces, veo a los padres jugar con los niños para alejar los miedos y las angustias ocultas.

Mi soledad los espía sin verguenzas ni celos. Por el contrario, mi corazón se alegra con esa burbujeante armonía de vivir en medio de un túnel de temores de incierto futuro.

Desviando la mirada a la calle vacía, que en muy esporádicos momentos cambia su dibujo de soledad, veo un par de figuras que apresuran el paso para no ser sorprendidos por el toque de queda.

Poco después pasa por el mismo lugar una mujer de mediana edad en el paseo diario de su perrita. Como cada noche, el paseo lo hace sin prisa, 30 minutos antes de la hora prohibida.

El humo de una chimenea cercana, que adorna la pasividad de la noche, me hace recordar el humo blanco con el que El Vaticano anuncia a la cristiandad la elección de un nuevo Papa.

Y de repente, me salta a los ojos otra figura, solitaria y mal arropada, con visibles harapos. Es un vagabundo poeta, que yo saludo cada día que disfruto de mis permisos policiales de compras o de pagos.

Siempre está escribiendo en el sillón callejero donde dormía antes de que la pandemia lo obligara a pernoctar en un refugio reservado a gente en situación de calle. Pero el desamparo no lo olvida.

Va directo al basurero para buscar algo de comer.

Lo miro desde el cuarto piso de mi balcón con un nudo en la garganta y humedad en los ojos por ser testigo de tanta miseria.

Lamento la cuarentena, porque sin ella siempre pude ofrecerle una empanadita caliente para entibiarle el corazón o algun dinerito para suavizar su pobreza.

Ya al borde del toque de queda, se dirige a su obligado refugio de pandemia con paso cancino, sin temor a nada, porque no tiene nada y nada tiene que perder, ni siquiera su libertad vagabunda que la policía respeta.

Cuando llega la hora fatídica del toque de queda, las familias cercanas empiezan a apagar las luces de su día de encierro, pero siempre queda en el balcón oblicuo al mío una mujer, que a la distancia imagino joven porque fuma a placer mientras la tenue luz de su teléfono portátil ilumina su rostro alegre por la conversación de cada noche con sus amigas o su novio lejano. Sonríe, mira a mi balcón y me sigue con su mirada.

Siempre me sorprende a la hora de mi aperitivo. Una vez, le hice un saludo con mi copa y, como respuesta, ella levantó el teléfono. Me sentí acompañado. De lejos, pero acompañado.

Ella se refugia en los brazos de morfeo cuando yo me zambullo en la lectura o en lo que pueda escribir, aprovechando el profundo silencio de la noche, sin ver pasar las horas que me llevan a una nueva madrugada de soledad.

La patrulla policial pasa tarde, casi al amanecer, sin atrapar ni una mosca en el sector, cuando cierro mi cortina para facilitar un sueño resquebrajado por los temores sembrados por el venenoso virus que se apoderó del mundo.

Me despido de la Luna, imaginándola sonreír con sarcasmo porque ella, en un juego eterno, siempre huye del Sol al amanecer, mirándolo de lejos, como nosotros nos miramos hoy por causa de la pandemia.

¡Mañana será otro día!





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